"Las palabras son nuestra más inagotable fuente de magia" (Albus Dumbledore)

lunes, 1 de agosto de 2016

Un regalo para el abuelo

¡Estoy de vuelta y traigo grandes noticias!

Como habréis podido comprobar, hubo un largo parón en las historias, y es que por motivos ajenos a mi voluntad, no pude acudir al curso de escritura durante el último trimestre y me quedé sin historias que pasar de tinta a las teclas. 

Pero eso no significa que haya dejado las letras de lado, ¡ni mucho menos! Como cada año, el curso de escritura creativa Alfa ha autopublicado un libro con los relatos de sus alumnos, y por supuesto no me quise quedar sin participar. Ha sido una gran ilusión poder ver mis palabritas impresas en papel, junto al trabajo de tantos compañeros.

Para participar en la compilación, cada alumno suele escoger uno de los relatos escritos durante el curso y reescribirlo de forma más cuidada y adaptándose a las exigencias de espacio y temática. También ha sido magnífico poder experimentar a mi pequeño nivel, el gran trabajo que supone publicar y darle forma a un relato. 



Y así es como tras varias revisiones "El abuelo" se convirtió en "Un regalo para el abuelo", que ahora forma parte del conjunto "Que es un soplo la vida". 
Espero que lo disfrutéis tanto como yo escribiéndolo y ¡que nunca dejéis de leer!

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Felipe pasó su vigésimo cumpleaños contemplando el ataúd de su abuelo. No podía haberse imaginado una celebración peor. Después de un día tan largo rodeado de tristeza, necesitaba unos instantes de soledad, así que dejó a la familia en el salón y fue a la cocina. Fue a servirse un vaso de agua, pero al meter la mano en el armario sintió un pellizco en el pulgar. Apartó el brazo y una pequeña dentadura de cuerda que daba mordiscos al tocarla cayó al suelo. Su abuelo solía esconderla por los armarios de la casa para asustar a su familia. <<Hay que estar listo para lo inesperado>>, decía siempre. Encontrar aquella trampa le hizo sonreír por primera vez en todo el día. 

Aún sonriendo, se dirigió al despacho del anciano, donde tal vez aliviaría un poco el enfado que sentía hacia él por elegir precisamente el día de su cumpleaños, que siempre celebraban juntos, para morir. 

El despacho aún conservaba la esencia de aquel viejo al que tanto quería. Desde la puerta, como si mirase una pantalla de cine, fue repasando el interior. El espíritu del abuelo seguía vivo en cada uno de sus rincones. Llamaba especialmente la atención el gran cuadro que ocupaba toda la pared izquierda. En él estaba enmarcada la colección de botones raros, dispuestos de tal forma que componían un botón clásico gigantesco. En la pared de enfrente estaba la biblioteca llena de libros en mil idiomas y animalitos disecados con divertidos sombreros. Felipe sintió una punzada en su estómago, nunca podría volver a preguntarle al abuelo Matías las historias locas que acompañaban a todos aquellos tesoros. Muchas las conocía, otras ya no podría oírlas en su voz. 

Entró por fin en el despacho y tomo la foto sobre el escritorio. Se vio a si mismo cuando tenía diez años, estaba sonriendo con la boca ensangrentada. Esa mañana se había caído en las rocas mientras intentaba atrapar el pez diminuto que sujetaba en la imagen. Felipe había intentado limpiarse para la foto, pero el abuelo se enfadó mucho y lo detuvo; siempre decía que era más importante recordar el sacrificio que se hacía para conseguir algo que el logro en sí. Así era el abuelo, un apasionado de lo peculiar. Y un sabio, aunque a menudo lo tachasen de loco y excéntrico, pero eso era porque la mayoría de la gente no conseguía entender sus razones. ¿Qué iba a hacer ahora sin él? ¿Quién le enseñaría la forma correcta de ver el mundo? Felipe se sintió tremendamente solo. Devolvió la foto a su sitio con cuidado y siguió en busca de esa conexión que ahora sentía perdida. 

Abrió el viejo baúl de madera. Allí estaba el horrendo muñeco de guiñol que le asustaba cuando era pequeño. Revivió el mismo terror que el día de su séptimo cumpleaños cuando el abuelo lo sacó para intentar hacer una actuación que terminó con ocho niños llorando. El padre de Felipe le echó una buena bronca por tener esa idea. Después de aquello, Matías se disculpó con su nieto por estropearle el día y le dijo que solo quería enseñarles ese muñeco horrible para que supiesen que todas las cosas feas de este mundo se pueden transformar. Si le hubiesen dejado terminar la obra, les podría haber enseñado un encantamiento para convertir todo lo aterrador de este mundo en una oportunidad, en una aventura. A Felipe se le inundaron los ojos, ojalá supiese cuál era ese hechizo para poder cambiar también este día. 

Volvió a cerrar la tapa del baúl y se centró en el primer cajón del escritorio. Allí encontró parte de la correspondencia del abuelo. La carta que más le gustó a Felipe fue una donde el viejo recriminaba al agente inmobiliario que le había vendido la casa que ésta no estuviese encantada, tal y como decía toda la gente del pueblo. Se rio a carcajadas con las quejas del entonces joven Matías, que alegaba que en dos meses no había visto ni un solo fantasma. En el siguiente cajón encontró solo dos cosas, un abrecartas y un sobre cerrado que decía: <<Mis últimas palabras para mi querido nieto Felipe>>. Sintió un vuelvo en el corazón y rasgó el sobre con ansiedad. Su mano temblorosa sujetaba el papel rugoso con unas pocas líneas escritas. Se sentó en el suelo y comenzó a leer despacio, saboreando cada palabra: 

<<Mi queridito Felipe, mucho me temo que éste va a ser el segundo cumpleaños que voy a estropearte. Seré breve porque ya sabes que odio a los robatiempos. La gente suele dar regalos en los cumpleaños, pero ya has podido comprobar que yo no soy como la gente, así que te pido que me des un regalo a mí. Te ruego que me recuerdes. Mi única esperanza para seguir vivo de una forma digna es tu recuerdo. Los demás nunca han entendido quién soy, no les culpo, no creo que fuese fácil ser familia de un chalado, como todos me consideraban. Incluso tu abuela, que me ha tratado con tanto amor, no podía ver lo que tú. Espero que nuestras vivencias juntos te hagan más bien que mal el resto de tu vida y, sino es así, transfórmalo. Ya eres mayor para saber que no hacen falta hechizos mágicos para eso. Recuerda también que el tiempo que tienes es breve; lo que para ti es toda una vida, apenas veinte años, para mí ha sido poco más que un parpadeo. El tiempo irá cada vez más deprisa, no lo malgastes. 

Te quiero, Felipe, dame tu regalo y siempre estaré contigo>>. 

Felipe dobló la hoja en silencio y no se esforzó por contener las lágrimas. Se sintió aliviado por hacer las cosas al estilo del abuelo y poder ofrecerle un regalo por su cumpleaños, el mejor que nunca haría. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Un buen trabajo

¡Buenas! Hoy os traigo un relato que fue muy divertido de escribir. El ejercicio consistía en emplear un campo semántico determinado en un contexto diferente. En este caso, como vais a ver, yo he utilizado el de la cocina en un contexto bastante diferente. Tengo que aclarar que yo no tengo ni idea de cómo se trata un cadáver, así que es muy posible que las cosas que describo no tengan nada que ver con lo que se hace en la realidad. Aún así espero que lo disfrutéis. 

:)

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El fuego del horno se iba apagando cuando Roy recibió un aviso de su socio. 

- ¡Roy! Tenemos un encargo urgente. El funeral se celebra mañana mismo. 

- ¿Mañana? ¡Maldita sea! Tendré que atrasar muchas cosas, ¿de qué se trata?

- ¡Aceite!

Aceite quería decir embalsamado. Roy suspiró fatigosamente, ese trabajo le llevaría toda la noche. 

Su socio le acercó la camilla y Roy fue a por los productos desinfectantes. Aunque ninguno de sus clientes podía ya infectarse, la higiene debía ser estricta. 

- Vas a tener que hacer de pinche si quieres que este pavo esté listo para mañana. - Le dijo Roy a su socio con cierto resentimiento, cuando le vio dispuesto a escapar por la puerta. 

Éste, resignado, se puso el gorro y se unió al trabajo. Al levantar la sábana un olor empalagoso ambientó la sala, lo cual no era muy buena señal. Entre los dos desnudaron al hombre y lo lavaron con un trapo empapado en una mezcla especial de agua, sal y algunos conservantes. Esto hacía que la piel muerta se conservase hidratada durante 72 horas. 

Después procedieron a la menos agradable tarea de drenar los fluidos corporales y sustituirlos por una salsa especial a base de formol y otros productos. Éste proceso abotargaba el olfato y dejaba un regusto amargo en la boca, por lo que encendieron el extractor para paliar un poco de ese efecto. El fétido jugo humano se iba recogiendo en una olla, al tiempo que se inyectaba la estéril mezcla en el cuerpo. 

Normalmente el horrible contenido de la olla desaparecía por una tubería de la máquina drenante, pero un residuo orgánico algo esponjoso había obstruido el filtro, por lo que tuvo que deshacerse de aquello con un cucharón, echándolo al fregadero como si fuesen los restos de una sopa macabra. Estaba seguro de que si sanidad se enteraba de eso no volverían a tocar un cadáver. 

Por la mañana, habían terminado pero ellos parecían dos cadáveres y el muerto lucía un rostro iluminado y fresco. Orgullosos de su presentación final, metieron al cliente en la nevera y llamaron a la familia. Seguido se limpiaron y fueron a tomar una copa de vino, esa jornada de trabajo bien lo merecía. 



La mesa

Ahora sólo me llega hasta algo por encima de la rodilla, pero recuerdo que antes esa mesa redonda me parecía enorme. Estaba colocada junto a la ventana de una habitación con paredes rosas y edredón rosa y cortinas rosas. Yo no puedo acordarme pero estoy segura de que la primera vez que cogí un lápiz e hice un garabato fue en esa superficie. 

Después de eso vinieron otros muchos dibujos de todas las formas y colores. Desde que tengo memoria hasta que las piernas me chocaban con ella, esa mesa siempre estuvo conmigo. Era como un pequeño refugio, un sitio hecho sólo para niños desde el que contemplar todo lo que pasaba fuera. 

Me encantaba mirar los árboles y el agua, y como a veces, el barco amarrado a tierra desaparecía y podían otro distinto. También solía esperar con ganas la llegada del tren, que a veces era solo gris y corto, pero otras venía con muchos vagones de colores, y yo podría decirlos todos. 

Es curioso como un mueble tan pequeño puede hacer a alguien tan grande. Porque los adultos podían venir de visita, pero para ello tenían que agacharse más de lo que les resultaría cómodo y por su tamaño nunca podían estar allí sentados tan a gusto como yo. 

En todo lo demás había que acomodarse al tamaño adulto, excepto en esa mesita, donde eran los mayores los que tenían que hacer el esfuerzo. 

Es cierto que con los años la mesa fue perdiendo su magia, pues cada vez me iba quedando más incómoda, a medida que el resto se iba adaptando a mi tamaño. Sin embargo, aunque ambas hayamos cambiado, todavía puedo colocarme junto a la mesita, que ahora lleva un mantel y sostiene una planta, mirar por la ventana y disfrutar viendo pasar el tren. 



Mi primer día de playa

El perro de mi infancia se llamaba Ron. Aquel peludo de cuatro patas fue mi mejor amigo, sino el único, durante aquellos años. 

Nunca se me dio bien construir relaciones, de hecho, hoy en día tampoco es mi fuerte. Sé juntar palabras y empezar conversaciones, pero rara vez lo que digo es de agrado para el resto del mundo. Por eso era genial mi relación con Ron, como no podía comprender mis palabras, no podía pensar que sólo decía estupideces o cosas raras. Aunque, si os digo la verdad, a veces parecía que sí escuchaba, sólo que como él también era algo estúpido y raro, no podía juzgarme. 

Un buen ejemplo de lo peculiares que éramos fue la vez fuimos a ver el mar con la familia. Lo que cabe esperar de un niño corriente es que esté entusiasmado con el agua y la arena, pero yo me negaba en redondo a pisar aquel suelo poco uniforme y mucho menos meterme en aquella agua salada llena de peligros. 

Mis padres lo estaban intentando todo para convencerme, ya que sino el largo viaje hubiese sido en vano. Y cuando ya se iban a dar por vencidos, Ron, que llevaba un rato dormido, se despertó con el graznido de una gaviota y salió despavorido a esconderse en una nave abandonada del paseo marítimo. 

Aquel lugar era mil veces peor que la playa: oscura, sucia y llena de tablones con puntas oxidadas. El chucho había ido a esconderse entre un montón de cestos que me recordaban a los que usaba mi yaya Fili para recoger la cosecha, sólo que olían fuertemente a pescado podrido. 

Al parecer, se le había pasado el susto y ahora rebuscaba intentando localizar la fuente de pestilencia. Yo estaba furioso, tenía muchas ganas de dar puñetazos, pero no lo hice. Mi temor a morir por culpa de la infección que me causaría tocar cualquier cosa de allí superaba a mi enfado. Aunque el sentimiento que prevalecía por encima de todo era el de sacar a mi amigo de aquel horrible lugar y bañarlo con jabón de aroma de limón. Una vez más, me quedé con las ganas, porque mi padre, que estaba más enfadado que yo, golpeó con toda su fuerza una tubería con una de las tablas. El estruendo fue tal que se desprendieron algunos azulejos del edificio, hasta tuvimos que taparnos los oídos. 

Como podréis imaginar, Ron salió pitando entre los cestos con una mirada de loco que le había visto jamás. Para colmo, en lugar de venir hacía nosotros, iba directo a una salida sin puerta que daba a la playa. Mi padre intentó agarrarlo del collar, pero el perro tiró tanto que se rompió. Así que nos quedamos como tontos viendo como Ron iba hacia la arena, pisando toallas y cabezas en dirección al mar. 

- ¡Maldito perro! - dijo mi padre. - ¡Vámonos! Que se ahogue si es tan idiota. 

La idea de ver a mi perro ahogado hizo sonar violines de la muerte en mis oídos. Sin saber de dónde salió el valor, como si estuviese soñando, eché a correr hacia la arena mientras dejaba una estela de gente protestando por llenarles la cara de arena. 

Y así es como me bañé en el mar por primera vez, con ropa y todo. Estoy seguro de que mi padre hubiese deseado que fuese de otra manera. 


martes, 9 de febrero de 2016

El regalo

¡Bienvenidos un día más!

Hoy os traigo un texto muy breve, pero muy gratificante de escribir. Es, como otras veces, un texto exprés, es decir, escrito en unos pocos minutos y corregido después. 

El ejercicio consistía en escribir un relato a partir de un objeto significativo, y así usarlo como medio para expresar situaciones, sentimientos y vivencias. 

¡Espero que os guste!


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Los adultos no suelen entenderlo pero el colegio es una sociedad con estratos muy estancos donde la edad marca tu estatus. Así que los seis cursos de primaria son una lenta escalada donde, poco a poco, se va ganando importancia. Es por eso que llegar a sexto significa estar en la cima de la pirámide. 

Sin embargo, el último curso resulta ser un arma de doble filo, porque, una vez acabas, vas a la jungla, también conocida como instituto. Allí vuelves a ser el pringado y canijo que se esconde entre los arbustos para que no se lo coman los leones. 

Los profesores lo saben y por eso preparan a sus alumnos dándoles charlas y consejos sobre lo que se van a encontrar. Aunque otras veces también usan la amenaza del futuro instituto para bajarle los humos al que se pasa de la raya con un niño más pequeño. 

Ellos se manejan en ésta contradicción y símbolo de ello es el regalo de despedida que les dan a sus alumnos, que ya no son tan niños, pero tampoco son adultos todavía. El obsequio es, ni más ni menos que una pluma de tintero, acompañada de su lacre y su sello. Para que escriban cartas, los angelitos, que acaban de aprender a escribir con bolígrafo. 

Pero a pesar de todo este lío, sin duda resulta un regalo acertado, muy significativo, si lo piensas bien. Es un objeto hermoso y poderoso, pero que es muy difícil de llegar a manejar. Los que se animen a usarla, al principio no conseguirán escribir nada, se mancharán las manos y se frustrarán al no conseguir más que borrones de tinta. Incluso puede que algunos pocos lleguen a manejarla de tal forma que consigan una caligrafía admirable, pero incluso ellos seguirán teniendo un borrón de tinta de vez en cuando.  Exactamente lo mismo que les espera en la vida. 



domingo, 31 de enero de 2016

Extraños desconocidos

Maddy había cumplido su deseo: alejarse de todo por un tiempo indefinido. Si bien es cierto que en ocasiones dudaba de su decisión, la mayoría del tiempo podía mirarse al espejo y confirmar que seguía siendo ella quien quiso estar allí. 

No fue una decisión fácil, se había embarcado en el primer crucero espacial de la historia, y eso suponía muchos desafíos. Por una parte, los típicos de cualquier trabajo nuevo, nada menos que enfrentarse a las exigencias de sus jefes, de sus compañeros, de los clientes y de sí misma. Y por otro, mantener el miedo a raya siempre que había algún imprevisto en la nave espacial. 

Además, cuando el trabajo resultaba especialmente duro en la cocina de la nave, tenía que esforzarse en pensar que aquello era mejor que escuchar a su padre que debía estudiar lenguas alienígenas para llegar a ser alguien importante. Le pasaba sobretodo cuando estaba preparando la salsa de almejas, que era realmente complicada, ya que debía quedar comestible para siete especies diferentes. Lo que suponía que un pequeño error podría matar a parte importante de los pasajeros. 

Estaba muy concentrada comprobando que la cantidad de perejil fuese exacta cuando llegó un grupo de unos diez desconocidos muy extraños en la cocina. Eran muy similares a los humanos, sólo que su piel era azulada y escamosa. Además, sus ojos no tenían pupila, sino que eran simples globos oculares blancos, lo que les daba un aspecto muy siniestro. Aunque eran mejores que las bestias con tentáculos de la cubierta cinco. 

No tardó mucho en aparecer un guía que les explicó en su lengua cómo funcionaba la cocina, o eso le pareció por los gestos que hacía. Cuando el grupo fue saliendo, un rezagado se quedó mirando a Maddy con esos ojos sin dirección y se acercó a ella. 

- Hola - dijo mecánicamente - me debes dinero. 

Maddy hizo una mueca, entre sorprendida y asqueada por el aspecto de ese ser semi-humano. Los ojos inertes del alienígena captaron su desagrado y al parpadear, dos pupilas negras rodeadas de iris azul aparecieron en cada uno de sus globos blancos. 

- ¡Hola! - dijo esta vez más enérgico - me debes dinero. 

Algo más reconfortada por una mirada más reconocible, Maddy consiguió balbucear unas palabras. 

- No lo recuerdo...

La nueva mirada del extraterrestre se volvió más empática, respiró hondo, cerró los ojos, que podía ver moverse bajo sus párpados y poco a poco, su piel se fue volviendo rosada y suave, como la de la chica. 

- ¡Cielos! - se sorprendió, y se le cayó el tarro de perejil en la cazuela, estropeando la salsa. 

- Te ruego me disculpes - dijo ésta vez el ser, como si hubiese nacido en la Tierra - Estoy aprendiendo tu raza todavía. 

- Querrás decir mi idioma. 

- Sí, eso también - explicó con paciencia - pero en mi planeta, además de aprender la lengua de una especie, aprendemos también su aspecto. 

A Maddy podrían haberle pinchado con una aguja y no hubiese salido sangre. Ante su cara perpleja, el amable ser rió. 

- Me dijeron que esto podía pasar con los humanos. Vosotros sois unos novatos en entender otras vidas. No te preocupes, te acostumbrarás pronto, ¡nos vemos!

Y sin dejar que Maddy se despidiese, se dio la vuelta y caminó hasta la puerta, adquiriendo poco a poco su aspecto normal, que era el de un lagarto azul del tamaño de un perro, pero que caminaba sobre sus patas traseras. 

Maddy estaba segura de que si volvía a encontrárselo no lo reconocería. Regresó a su salsa de almejas con la esperanza de poder arreglarla. Ahora estaba más segura que nunca de que jamás cumpliría con las expectativas de su padre. 


Con los 4 sentidos

¡Muy buenas!

El ejercicio de hoy fue muy interesante pero también difícil. Se trata de intentar explicar a una persona a la que le falta un sentido (vista, oído, olfato...) algún elemento que habitualmente requiera ese sentido como principal fuente para ser percibido, ¡menudo trabajo! 


¡A ver si adivináis que es!

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Lo que te voy a contar sucede cuando vas siguiendo el ritmo enérgico del fluir del agua. De repente hay una breve calma, que poco a poco empieza a vibrar. Entonces la caricia fresca y suave del río se rompe en miles de gotitas. 

Si te asomas podrás notar el vértigo y las partículas de agua mojándote la cara. El fluir antes lineal se vuelve caótico un segundo y se precipita violentamente empujándote hasta el fondo, donde las gotas se ordenan de nuevo. Así, se restaura el flujo constante, no sin antes darte un golpe en la cabeza al sacarla del agua, que puede ser un leve masaje o puede ser mortal, dependiendo del tamaño del río y de la caída. 

Después, según te alejas, se va desvaneciendo el picor de las gotas que caían como perdigones, y la suave corriente acaricia de nuevo tu piel. 


¿Quieres vivir sin dolor?

¡Hola de nuevo!

Hacía tiempo que no escribía ningún relato y ya se me iban acumulando en tinta, así que tenía que darle más a las teclas. El escrito de hoy es muy breve, ya que el ejercicio creativo de este día consistía precisamente en eso. Había que escribir unas pocas líneas en unos minutos, tomando como referencia la pregunta del título. Espero que os guste :)


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¿Quieres vivir sin dolor?


Pues olvídate de todo lo demás. Olvida los sabores, la música, la literatura, la belleza. Olvida la luz y el color. Olvida los sueños y las alegrías. Porque, amigo, el ratón no puede vivir sin el gato y el sol no puede brillar sin la lluvia. Si quieres vivir sin dolor, olvídate del placer, olvídate de vivir. 


domingo, 10 de enero de 2016

La araña

Paco no se manejó nada mal estando de Rodriguez. Habitualmente no hacía muchas labores de casa, pero era un hombre inteligente y observador, así que no tardó demasiado en organizar la casa con soltura. 

De hecho llegó a disfrutar de esos meses de independencia, no sólo por el gusto de hacer lo que a uno le da la gana, sino también por la satisfacción de sentirse capaz. 

Además, ahora que su mujer no vigilaba podía incluso darse caprichos propios de sus años de soltería, como cenar bien de morcilla y fumar en su pipa. 

Una noche, cuando ya había cenado más que bien, se sentó en su sillón orejero y encendió la tele. Agarró la pipa, se la puso en la boca y empezó su delicioso ritual del tabaco. 



El humo subía por el bigote gris y le empañaba los ojos ¡Qué bien se sentía! Pero, de repente, notó algo moverse tras el mueble de la tele que no era humo. Miró bien y vio claramente cómo algo negro se escondía. 

Frunció el ceño y se apretó la pipa entre los dientes. Apoyando las manos en el reposabrazos, se levantó y fue hacia el armario armado con una zapatilla. Al mover el mueble, pudo ver claramente una enorme araña, del tamaño de un puño, aunque con las patitas muy cortas. 

Dudó un momento, y después, acompañado de un gruñido nasal, precipitó la zapatilla contra el asqueroso bicho. Fue sin duda un buen golpe, pero no lo bastante rápido, así que el arácnido echó a correr de nuevo bajo el armario. Era muy veloz para tener ese cuerpo tan gordo. 

A Paco se le ocurrió una idea genial y se felicitó a si mismo por ser tan brillante. Hacía tiempo que las patas del mueble andaban medio rotas, así que pensó que si tiraba de dos de ellas a la vez, el mueble caería con todo su peso sobre la araña y la aplastaría. 

Así que se agachó, agarró las dos patas laterales y mordiendo la pipa hizo fuerza hacia sí. Como él había pensado, el armario cayó y se oyó algo viscoso reventando. Miró hacia el lateral y pudo ver unas salpicaduras de masa verde en el suelo. 

Asqueado, sintió una nausea y tuvo que quitarse la pipa de la boca. Se estaba rascando la cabeza pensando en cómo limpiar aquello, cuando se dio cuenta de que el mueble no tocaba el suelo del todo, había algo duro debajo. Quitó la tele de encima y volcó el mueble sobre un lateral. Se preparó para ver el asqueroso cadáver, pero lo que vio no era lo que esperaba. Allí debajo había una masa verde y una gruesa piel oscura destrozada. 

"¡Qué demonios!" Pensó. Se acercó para verlo mejor pero no consiguió salir de su asombro, ya que el obstáculo era el hueso de un aguacate, acompañado de los restos de la pulpa y la piel, que tenía pelillos en su superficie y ocho patitas cortas. 

Por un momento creyó haberse vuelto loco, o que el cerdo de la cena estaba en mal estado. Se quedó un rato allí, sentado en el suelo delante de la masa verdosa, pensando en lo ocurrido, sin encontrar explicación alguna. 

Finalmente decidió levantarse y llamar a su mujer para contárselo. Para eso sí que no estaba preparado. 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Don Quijote vs. El increíble Justo

¡Hola!

El ejercicio de hoy parecía muy difícil al principio, pero con un poco de esfuerzo resultó realmente divertido. El juego consistía en escribir en papelitos los nombres de varios personajes de ficción de cualquier cuento, historia, película o comic de cualquier época, y después coger dos al azar, sin mirar. Con los dos personajes que nos tocasen, teníamos que elaborar una breve historia. Espero que la disfrutéis tanto como yo. 

¡Hasta pronto!

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En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre sí me acuerdo, porque es mi pueblo, vivía un humilde molinero llamado Justo. Os voy a contar su historia porque cosas así no pasan en San Antonio de los Molinos todos los días. 

Como os decía, Justo era molinero aquí. Todos los días se ocupaba de moler el trigo para convertirlo en harina. No os creáis que era un trabajo fácil, siempre era duro y a veces incluso peligroso, ya que los molinos habían visto días mejores. A pesar de ello, Justo nunca se quejaba, de hecho era un hombre muy tranquilo, nunca levantaba la voz ni decía una palabra de más. 

Hasta aquí todo bien, su vida fue tranquila desde el día en que nació hasta aquella calurosa mañana de agosto. El sol brillaba con fuerza cuando apareció en el horizonte una triste figura. Poco a poco se fue acercando hasta que comprendimos que se trataba de un delgado señor que se hacía llamar Don Quijote y decía ser caballero. En el pueblo no nos lo creímos mucho hasta que vimos a su escudero, más bajito y rechoncho, que se hacía llamar Sancho. Ahí ya no pudimos objetar nada, si tenía un escudero no podía ser sino un caballero. 

Al principio nos hizo hasta ilusión, fíjate, un caballero en San Antonio de los Molinos, quién nos lo iba a decir. Les montamos una fiesta con orquesta y todo. Pero no tardó mucho el dichoso Don Quijote en dar problemas. Pronto se puso a hablar de que si gigantes y de que si Dulcineas y nos tenía locos. 

El que más lo sufrió fue el pobre Justo, que día sí y día también se encontraba las aspas de los molinos llenas de sietes y roturas. Y cuando se dio cuenta de quien era, calmado como siempre, intentó razonar con él. Pero parece que las negociaciones no llegaron a buen puerto, porque Justo seguía encontrando destrozos en sus molinos y el otro seguía dando la matraca con los gigantes. 

Hasta que llegó el día en que Justo se encontró un molino tan maltrecho que no pudo hacer su labor. Y ahí que fue a la plaza a buscar al caballero errante, que a esa hora estaba tomándose un finito para descansar de tanta justa. 

Justo le dijo que ya valía, que por ahí ya no pasaba, que dejase de tocar las narices con esa ridícula lanza. Parece que Don Quijote no lo tomó muy bien, y sintiéndose superior a Justo, le pinchó un poco la barriga con la lanza, no para herir la carne sino el orgullo. 

Todos se rieron y vimos a Justo ponerse colorado como nunca. Siguió gritando al esbelto señor, pero como no cedía, Justo se iba poniendo cada vez de un color distinto: rojo, luego blanco, después azul y finalmente empezó a ponerse verde. Ahí ya nadie se reía y las caras de asombro fueron pasando a ser de temor cuando Justo empezó a hincharse como un globo, pero no de gordo sino de fuerte. Creció tanto que llegó a medir cinco palmos más y su espalda y sus brazos llegaron a romper su camisa hasta que se quedó con el torso desnudo. 

En ese momento se le bajaron los humos a Don Quijote, y en cuando Justo empezó a dar puñetazos en el suelo, tan fuertes que movían la tierra, salió trotando en su Rocinante como alma que lleva el diablo. 

Cuando conseguimos cerrar los ojos como platos que se nos habían quedado, Justo ya había recuperado su forma normal y recogía del suelo los trozos de su camisa. Así, tan calmado como solía ser, se despidió como si nada hubiese pasado y se fue para el molino, a ver si podía arreglarlo. 

Lo cierto es que para ser una historia tan jugosa, no se habla mucho de ella en el pueblo, por eso la cuento, para que no se pierda. Eso sí, desde entonces procuramos no toserle mucho a Justo, por si las moscas. 


sábado, 5 de diciembre de 2015

Corderita

Ahora que duermo en una litera tengo mucho tiempo para pensar, le doy muchas vueltas a todo, al contrario de lo que hacía antes. Cada noche, miro la luz a través de las rejas de la ventana y pienso en ella. Ella, ella, ella. Ella que solía ser mi consuelo, ya no está. 

Pienso en cuando la vi por primera vez, con el pelo recogido en una coleta. Me miró tímidamente y se hizo a un lado. Fue tan tierna, tímida y sensible como una ovejita. Desde ese momento hice todo porque fuera mía. Era como una obsesión, algo que no podía controlar. Le escribí versos de amor, le regalé flores, incluso dormí algunas noches bajo su ventana. Me hubiese arrancado la mano a mordiscos si me lo hubiese pedido. Pero no lo hizo, ella jamás haría nada para herir a nadie. 

También me acuerdo de lo dulce fue en sus mejores días, cómo siempre me dejaba el plato más lleno, la mejor almohada, cómo me guardaba el último trozo de chocolate aunque ella se muriese de ganas de comérselo. Me hacía sentir tan bien, cuando estaba a su lado me sentía extasiado. Por eso cuando me separaba de ella todo me parecía terrible. 

Por ejemplo, estar en el trabajo después de estar con ella era como bajar del cielo al infierno. Recuerdo el inmenso odio que les tenía a mis compañeros de trabajo, maldita sea, aquellos cerdos. Eran unos imbéciles sin cerebro, siempre con sus risitas y sus chistes tontos. Ellos no sabían que yo los aborrecía, claro, la primera norma para ascender era caerle bien a todos. Así que yo seguía sus estúpidas bromas y me reía de los chistes sobre mí, aunque por dentro me hirviesen las entrañas. 

Pienso mucho en el día en que empezó. Fue el peor día de mi vida. La empresa había realizado con éxito una importante fusión y nos convertíamos en multinacional. La noticia se filtró y todos lo celebramos con champagne antes de ser oficialmente informados. Casi me alegré de abrazar a aquellos puercos. Al fin llegó el jefe, cargado con una maleta llena de papeles, listo para destrozarme. Con un tono exultante se alegró de comunicarnos que ahora doblábamos la plantilla y pasábamos a ser jefes de sección. Todos. Todos excepto yo. Los otros cinco gorrinos ahora pasaban a ser mis jefes, y lo peor de todo fue ver cómo seguían celebrándolo mientras yo me quedaba ahí de piedra. 

Al rato se dieron cuenta de que estaba allí callado y no se les ocurrió nada mejor que intentar hacerme hablar con sus habituales chistes humillantes. En respuesta, solo hice lo típico, contesté con chistes groseros sobre el peluquín de uno y los cuernos del otro. Estallaron en carcajadas y yo sólo quería romperles los dientes. 

Recuerdo cómo tenía los puños rígidos como la piedra. La sien estaba a punto de estallarme y los gritos de júbilo me atenazaban la cabeza cada vez más. Cuando fue insoportable salí de allí y nadie se dio cuenta. 

Hice el camino de vuelta a casa totalmente petrificado. Era como si mi piel fuese de mármol y mi interior de lava fundida. No recuerdo los detalles, no sé si cogí el autobús o un taxi. Dentro de mi cabeza sólo podía ver las risas de esos imbéciles una y otra vez. 

Todavía veo la sonrisa de ella cuando abrió la puerta. Sé que dijo algo, pero no sé qué. Tal vez ni siquiera llegó a pronunciar ninguna palabra, porque cuando vio mi cara se le desencajó el rostro y dio un paso atrás. Su movimiento fue como un resorte que activase mi puño, que se desplazó hacia su cara como si tuviese vida propia. Los dos nos quedamos perplejos, y por un segundo pensé que se enfadaría y respondería, o tal vez saliese huyendo. Pero no, se quedó mirándome como un cordero pidiendo perdón. Otros no se atreverían a confesarlo, pero sentí placer. Podía notar que podría hacer cualquier cosa con ella y no se hubiese quejado. El poder que tenía era absoluto y era maravilloso. 

Iba descargando lava fundida y me sentía cada vez más poderoso, con cada chasquido de hueso y cada grito mi humillación se iba aliviando. Mi querida, hasta se ocupaba de recoger mis miserias. 

Pienso en la cara que vi al despertarme la mañana siguiente, era horrible. Mi querida ovejita, que era tan guapa, estaba casi desfigurada, con el rostro hinchado y morado. Esto si lo confiesan todos: me arrepentí mucho. Me maldije por ser un gusano, por no haber sido capaz de romper las caras de mis colegas y sí la de mi esposa. Durante un mes entero yo me convertí en cordero, y la cuidé y la mimé para que me perdonase. Hice todo lo que nunca hacía, cociné, limpié, le curé las heridas, incluso volví a comprarle flores. 

Pienso en que ojalá no me hubiese perdonado. Pasada la tormenta, todo pareció volver a la normalidad. Sin embargo, poco a poco esa paz que solía sentir a su lado se fue apagando. Así que yo solía estar mucho más irritable y ella hacía las cosas cada vez peor. Como aquel día en que vino su madre de visita y no paró de criticar nuestra casa. Ella no hizo nada por detenerla y tuve que pasar toda la tarde oyendo a esa vieja bruja. O aquella vez que me tuve que ir sin comer porque la comida estaba demasiado salada, ¿dónde estaba mi corderita complaciente? Se había vuelto torpe y ya no era capaz de agradarme como lo hacía antes, así que me hacía sentir tan mal, que acababa perdiendo el control. Hasta que pronto tuvo la cara tan marcada que parecía haber pasado por una guerra, dejó de tener aquel brillo radiante. 

Los días eran cada vez peores, un demonio de fuego me abrasaba el cuerpo y sólo mi linda corderita conseguía calmarme. Ahora que lo veo con distancia puede sonar a excusa, pero yo no quería hacerle daño, sólo quería sentirme bien. Hubiese hecho cualquier cosa por sentirme bien, pero era cada vez más difícil. No sé explicar porqué pasaba, pero cada vez me sentía más humillado por todo, y menos aliviado al golpearla, por eso cada vez los golpes eran más fuertes y más frecuentes. 

Pienso en los vecinos, en la familia, en los amigos. Realmente estaba deseando que alguien dijese algo, que me detuvieran, pero nadie hizo nada. Había muchas miradas de odio hacía mi y de lástima hacia ella, pero si alguien habló con ella yo no tuve noticia. Desde luego a mi nadie me tosió. 

Me acuerdo muy bien del día en que acabó todo. No fue un día especial, ahora la normalidad se había convertido en golpes y gritos. Sólo que ese día ella no se despertó. Así que me quedé solo con monstruo en que me había convertido. Fue terrible, peor que el día de la fusión, porque ahora ya no me quedaba nadie alguien culpar, estaba sólo contra mi bestia. Entre ecos sólo pude empezar a sollozar como un niño, y así me encontraron, llorando con mi corderita en los brazos. Esa humillación ya nadie me la puede quitar. 

A veces pienso en pedirle perdón, aunque no pueda oírme, pero luego me acuerdo de otras veces en que lo hice y no sirvió para nada. Así que me callo. Es el único acto de respeto que puedo darle, ahora que se lo he quitado todo. 


viernes, 4 de diciembre de 2015

Noche

Marcos caminó hasta que cayó la tarde con la carta de despido ardiéndole en el bolsillo. Cuando ya era casi noche cerrada, se topó con el bar "Night". Era un local típico de la noche, jamás lo verías abierto bajo la luz del sol. Y como guarida nocturna que era, solía albergar a los amantes de lo oscuro. Allí se solían mezclar fracasados, prostitutas, traficantes, abogados, vendedores de seguros, divorciados, empresarios... en definitiva, todo aquel que estuviese dispuesto a enterrar las amarguras del día en un manto de oscuridad, sustancias recreativas y música estridente. 

Con el sabor del fracaso todavía en la boca Marcos decidió entrar, dispuesto a perderse en la sudorosa multitud. Después de aquel año terrible de trabajo y su humillante despido, decidió que necesitaba desconectarse de la realidad. 

Tras un rato forcejeando en la barra con chicas ligeras de ropa y tipos de mirada agresiva, consiguió pedir una copa, que se bebió casi de un trago. "Ahí va" pensó, con eso enterraría toda la ira acumulada durante estos años de abusos. 

Miró hacia la pista de baile tal vez en busca de alguna mujer sola a la que le pareciera fácil acercarse. Pero el vuelco que sintió en el estómago le impidió fijarse en ninguna. Tal vez los siguientes tragos tendrían que ser más suaves. "Sin prisa pero sin pausa" se dijo. Y trago a trago fue dejándose llevar por la atronadora música que cada vez se aferraba más a su cerebro, impidiéndole pensar en otra cosa. Cada vez que tomaba un trago visualizaba un pensamiento de ira; aquella vez aceptó trabajar hasta tarde, el día que tuvo que limpiar los baños, ese mes en que le pagaron sólo un tercio, aquel día que fue ridiculizado en público...

A medida que pasaba la noche esos ecos se volvían menos intensos y se iba sintiendo más anestesiado. Pronto empezó a tener problemas para coordinar bien su cuerpo, y la fatiga empezaba a adueñarse de él. En ese preciso momento vio como dos chicas compartían cuchicheos en un esquina especialmente oscura. No paraban de hablase al oído y reír como dos niñas de colegio. A su aturdido cerebro le pareció reconocer que una de ellas lo miraba y sus piernas caminaron solas hacia ellas. Sin embargo, sin percatarse si quiera de su presencia, recogieron sus bolsos diminutos de la repisa para dejar copas y se alejaron. Aunque sus párpados ya iban cayendo, vio encima de la repisa tres pastillas, seguramente caídas del bolsito con lentejuelas. A pesar de la borrachera todavía sintió la punzada del fracaso con las chicas, que ni siquiera se habían percatado de que existía. Así que tomarse una de esas píldoras amarillas le pareció una buena idea. Tal vez probaría otra sensación diferente a la miseria. 

Al principio no notó nada, pero tras tres canciones una terrible sensación de claustrofobia le invadió de pies a cabeza. Como si se tratase de un animal encerrado, salió del local a empujones. 

Cuando consiguió salir, una oleada de aire frío le impactó en la cara, aliviando su angustia. Inmediatamente se sintió lleno de euforia y se regocijó en el maravilloso silencio que reinaba fuera, no podía oír nada salvo el característico pitido de oído que queda al salir de un local ruidoso. 

Con los pies tambaleantes intentó buscar el camino a casa pero pronto se encontró perdido. Por esa zona todas las calles eran parecidas y no podía reconocer en cual se encontraba. Llegó a un callejón totalmente solitario, donde sólo se oía una gotera sobre unos cubos de basura. No sabía donde estaba y la cabeza le daba vueltas. 

Detrás de sí oyó un gemido, que le paralizó el cuerpo. Después unos susurros y silencio otra vez. Lo invadió el pánico y fue corriendo sigilosamente a esconderse detrás del cubo metálico donde caía la gotera, y miró hacia donde venían los ruidos. 

Pasados unos segundos la luz de una farola iluminó una figura que no alcanzó a reconocer saliendo tras un contenedor, por un momento pensó que le estaba mirando, pero puso respirar tranquilo cuando se alejó despacio con ruido de tacones, debía de ser una mujer. 

Aliviado salió de su escondite y se acercó a la esquina del contenedor para curiosear cómo se alejaba la chica. Cuando asomaba la cabeza por la pared de ladrillo, alguien le agarró de la mano y sintió un vuelco en el corazón que casi se lo hace explotar. Un hombre igual que su tiránico jefe, pero con el traje manchado, despeinado y tan borracho como él lo estaba mirando y le agarraba el brazo. Sin duda habían participado en la misma fiesta. 

No supo si el valor se lo dieron las drogas o era suyo, pero ahora que no tenía nada que perder, puso todos los recuerdos que había adormecido en su puño libre y lo estrelló con toda la fuerza que pudo en la cara de aquel monstruo. Éste cayó de espaldas. No le importó si estaba vivo o muerto, se dio la vuelta y dejó que la tranquilidad le embriagara ésta vez de camino a casa. 



martes, 1 de diciembre de 2015

María

¡Bienvenidos un día más!

El relato de hoy viene de un ejercicio muy interesante. Se trataba de intentar dar más o menos importancia a las palabras según el orden que ocupasen. Se nos dieron tres palabras y debíamos colocarlas cada cual en una frase distinta. Dependiendo de si queríamos darle protagonismo o quitárselo, debíamos colocar la palabra en un lugar determinado. La verdad es que no fue nada fácil y no siempre conseguí el resultado. 

De todas formas, una vez corregido el ejercicio, debíamos escribir un pequeño relato utilizando esas tres frases. Ahí va el mío, espero que os guste. 


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María no aguantaba más y decidió llevarse todo lo que le aferraba al pasado. Todas aquellas inútiles cosas. Sus joyas, sus vestidos, incluso la ropa de cama que había bordado a mano. Todo le recordaba la horrible esclavitud que había vivido aquellos años. Pero ahora estaba dispuesta a arrancar cada barrote de oro de su insoportable jaula. 

Al bajar por la escalera con todo aquello, se encontró con la estricta figura de su madre. Sabía lo que pretendía, estaría dispuesta a retenerla en su cautiverio doméstico por encima de todo. No pasó ni un segundo y sus apretados labios se abrieron para soltar una interminable lista de argumentos por los que debería seguir siendo una sumisa esposa y madre. 

Mientras escuchaba de fondo el discurso, sólo podía mirarse reflejada en los ojos de su madre, como si fuesen dos copias de la misma persona, una dentro de la otra. La ira invadió cada centímetro de María, que soltó el bulto de ropa y con una poderosa mano golpeó la carísima mesa de cristal, haciéndose un corte. La visión de la sangre enmudeció a la madre y encabritó a la hija aún más. Durante un segundo pareció que la tiránica madre volvía a moverse, ante lo cual María volcó la mesa, que se rompió por completo llenando el suelo de añicos. Hubiese hecho cualquier cosa con tal de no volver a escucharla. 

Ante la desencajada cara de su madre, María se dirigió hacia la salida y cerró con un sonoro portazo su vida anterior. Ella, que siempre había sido tan intransigente, fue capaz de romper todas las normas posibles. 


domingo, 29 de noviembre de 2015

El talismán

Aquel hermoso día se cumplió el anhelo que desde hacía años hervía las entrañas de Fabián. La suave caricia del sol penetraba por los ventanales de la sala del trono y regaba de luz la imponente silla. El mayor tesoro de oro y terciopelo del imperio esperaba inmóvil a cumplir todo cuando había deseado. Saboreó un momento el instante y se sentó sobre el trono cuando aún tenía las botas manchadas de sangre. El tacto del terciopelo en sus manos fue el placer más intenso que había experimentado. Al fin era el conquistador del imperio. 

Sostuvo el aliento un momento, buscó bajo su cuello el talismán que lo había llevado hasta allí y exhaló con tranquilidad. A partir de ahora él y nadie más sería señor de señores y se haría su voluntad en todo momento. 

El reinado de Fabián el Poderoso comenzó con increíble júbilo. Las fiestas y el vino corrían por palacio como un mar embravecido. Cada vez que la economía estaba en riesgo o una mujer no era lo bastante hermosa, Fabián rozaba la piedra verde de su talismán y su voluntad se hacía ley. 

Sin embargo, no pasó mucho tiempo cuando el deseo de Fabián se hizo tan intenso que resultaba insostenible. Beber veinte litros de vino no era suficiente para emborracharse, mil mujeres no podían apagar su calor y no había un halago lo bastante empalagoso para engordar su estima. Por más que acariciaba la piedra verde, el soporte de oro o la cadena de plata que colgaba de su cuello, no conseguía tener un día feliz. 

Su frustración llegó a ser tan intensa que se extendió a su alrededor en forma de latigazos y abusos, ya que nadie era capaz de apagar la sed de Fabián, pues nadie sabía qué agua estaba buscando. Ni siquiera él lo sabía ya. 

Abotargado por un ya insoportable dolor y la más absoluta soledad, se arrancó el talismán del cuello, haciendo físico el dolor espiritual. Bajo la desesperada noche, lo sostuvo a través de su ventana, situada en la mayor torre de oro conocida por el hombre. Con los ojos encharcados y la cara congestionada maldijo, rasgándose la voz, aquel cruel talismán que lo había llevado a la desgracia y lo soltó, dejando que se precipitase en una caída interminable hasta un estanque lleno de agua de jazmín. 

Cuando la medalla tocó el líquido perfumado, todo el imperio de Fabián desapareció. Su inmenso palacio, sus miles de siervos, sus tierras, su ganado y sus tesoros se convirtieron en arena mecida por el viento. 

En ese momento, una brisa con olor a jazmín despertó a Fabián, que volvía a tener veinte años y dormía sobre un colchón de paja. Estaba empapado en sudor, al igual que en la torre, pero ahora vestía con ropas de campesino y estaba rodeado de ovejas. 

- ¡Fabián, levántate que ya está el desayuno listo! - Gritó su padre desde fuera. 

Nunca se había sentido tan agradecido de recibir una orden. Con el alma aliviada se incorporó y vio a su lado una jarra de barro con agua fresca. Bebió con ansiedad y pudo al fin saciar su sed. No recordaba un instante tan feliz. Se levantó y caminó hasta la cocina atraído por el olor del pan tostado y la leche caliente.

Al sentarse en la humilde mesa de tablas de madera, contuvo el aliento un segundo y buscó bajo el cuello de su camisa. Al no encontrar nada, suspiró aliviado y sonrió a su familia.  

Mientras tanto, una medalla de oro con una piedra verde incrustada reposaba con la cadena rota, bajo la paja, en aquel humilde lecho que tanto había maldecido el día que la encontró. 


Bajo el manto de la noche


¡Hola amigos!

El relato de hoy surgió a partir de la siguiente pintura. Se nos presentó éste cuadro, el cual no había visto nunca, y algunas frases para ayudarnos, entre las cuales estaba el título. A partir de ahí podíamos escribir lo que quisiéramos, así que allá va. 



Habitación de hotel (Edward Hopper)

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Claudia solía leer cada noche algunas páginas de su antigua Biblia, regalo de su madre cuando cumplió 10 años. No se consideraba muy religiosa, pero leer aquellas líneas en su idioma natal la reconfortaba. 

Cada noche llegaba exhausta a su habitación y se libraba del uniforme de trabajo y los zapatos. Sus pies desnudos pisaban la raída y sucia moqueta y se sentaba sobre los ruidosos muelles de la cama. Solía quedarse algunos segundos mirando la pared blanca, salpicada de moho verde. 

Después intentaba relajarse un poco acariciando las hojas amarillentas de su antiguo libro. Así, por unos instantes podía transportarse a su vieja casa y recordar tiempos mejores. Por ejemplo, como su abuela le recogía los mechones rubios para hacerle un bonito peinado antes de ir a la escuela o el olor de la deliciosa comida que preparaba su madre para ella y sus hermanos. También recordaba con cariño aquellas historias que le leía su padre cada noche antes de acostarse. 

Lo malo de aquello era que, inevitablemente, le venían también a la cabeza los ecos de cómo todo fue empeorando. Cada vez fue habiendo menos comida en casa, así que la cocina ya no siempre olía así de bien. Nadie de su familia lo dijo, pero ahora que era mayor pensaba que probablemente ésa había sido la causa de que la abuela enfermase y muriese. Le venían a la mente, como latigazos, los sollozos ahogados de su madre, que cada noche no podía aguantar más y se entregaba al llanto. Ella también lloró amargamente cuando sus hermanos mayores fueron abandonando su hogar, tal y como ella había hecho hacía poco. 

Ahora ya nadie cuidaba de ella, sola en aquel país desconocido, con un idioma desconocido y gente desconocida, no se tenía más que a sí misma. Por el día, la frenética actividad de su trabajo la distraía de su situación, pero bajo el manto de la noche, una soledad abrumadora le invadía de pies a cabeza. 

A veces se imaginaba qué sería de ella sin aquella Biblia, ya que era la única conexión que ahora tenía con todo lo que ella conocía. Sin embargo, al tocar las 12 tenía que cerrar su pequeño refugio y acostarse, con la esperanza de poder conciliar el sueño. A menudo le resultaba imposible dormir, pues una pregunta atenazaba violentamente sus pensamientos: ¿acaso era éste el futuro mejor que vino a buscar? Pronto lo será, se repetía como respuesta una y otra vez, mientras apretaba entre las manos el regalo de su madre, y cerraba los ojos.